terça-feira, 19 de julho de 2016

Je ne suis Nice



Álvaro del Pino.- Decía Arturo Pérez Reverte, en su libro “Territorio comanche”, donde narraba sus experiencias como reportero de guerra en los Balcanes allá por los crudos 90, que había visto a auténticas ratas observar cómo violaban a sus mujeres e hijas, mientras ellos no movían un dedo e imploraban vil y mezquinamente por su vida. Sin un ápice de orgullo y amor propio. Sensacionalista, pero crudo. Y dada la naturaleza cobarde de gran parte de la humanidad, sí, me lo creo. Sólo imaginar la escena de un padre incapaz de defender a su familia, aunque sea con un cortaúñas o un palillo, y aún sabiéndose sentenciado, me hierve la sangre. Noto su punto justo de ebullición bajo mi piel.


Hace escasas 48 horas, una de esas ratas (en otra de sus formas, pero rata al fin y al cabo), decidía poner fin a la vida de 80 personas, herir a otras 50, la mitad de ellas de extrema gravedad, apelando a un acto rebosante de vileza, crueldad y cobardía: la matanza indiscriminada de personas que, simplemente, estaban allí. Por la espalda. A traición. A lo bestia. Como sólo podría entrar en la cabeza de alguien profundamente enfermo de odio, incultura y zafiedad.

 

En el último año, asistimos como espectadores a unos cuantos de estos actos a lo largo del mundo (especialmente, en Europa y Oriente Medio, sin olvidarnos de Orlando). Y yo, como estoy seguro que muchos, solamente veo ratas. Ratas unos y ratas otros. Ratas por doquier. A saber.

 

Las ratas culpables sabemos todos quienes son: los de la religión de la paz y la concordia (no sería justo decir que todos los que componen esa religión son parte de ello, siempre y cuando hubiéramos visto salir a los representantes de dicha religión, a la gente común que profesa ese credo, salir a la calle y repudiar tales actos, ya sabéis, “no en mi nombre” y todo eso que no sirve de nada pero que sirve, a la vez, de mucho). Pero, al menos yo, puede que víctima de la desinformación, no los he visto. Y apostaría a que vosotros, lectores, tampoco. De ser así, cierro el chiringuito, y éste mi primer artículo para AD, será el último. Pero sé que es apuesta segura. Sé que no han salido. Sé que no ha habido ni un ápice de compasión, aunque sea simbólico (ya sabéis, condeno tal o cual), con esos niños, con esas familias, atropelladas, asesinadas, humilladas. Borradas.

Las otras ratas, no tan culpables pero sí neutros, perfectamente asépticos y políticamente correctos, sí han salido (obviamos Podemos-Pamplona, ya sabéis que siempre hay alguna pipa amarga que estropea el sabor del resto). Han salido con sus “Je suis Nice”, “todos somos víctimas”, “condenamos enérgicamente”, etc. Pero, ojo, no vayamos a hacer nada. “Era imprevisible”, “es un hecho aislado”, “un pobre desequilibrado con problemas conyugales”. Y otro larguísimo etcétera.

Y no, ni yo ni muchos somos Niza, ni París, ni Bruselas, ni Orlando. Porque los que se lamentan y no hacen nada, siempre en nombre del politicorrectismo, el multiculturalismo y la incultura más atroz, esos, son los que ponen en su foto de perfil de cualquiera de sus redes sociales la banderita del país de turno, las ilustraciones con símbolos trasnochados de paz, amor y florecitas de colores. Esos son los que dicen “Je suis Charlie”, “”Je suis Nice”, “Je suis París”. Esos son los que votan, los que consumen televisión y basura, como ratas. Y no. Yo no soy como ellos. Me niego. Me niego a ser cómplice de esta barbarie. Y sí, no hacer nada más que el ridículo más espantoso, es ser cómplice también. Es ser esa primera clase de rata de la que hablaba al principio, y a la que se refería el académico de la RAE antes mencionado, el que no estoy dispuesto a ser.

En el español más castizo se diría “ser puta y poner la cama”. Me niego, pero también sé que en las manos de una sola persona, en este caso yo, hay poco que hacer. Sólo aportar mi granito de arena, e intentar, de algún modo, despertar conciencias. Porque yo, y muchos, estaríamos dispuestos ahora mismo a salir a luchar, a defender nuestra cultura, nuestra civilización, nuestros valores y nuestra dignidad. Porque sí. Y porque no. Porque “Je ne sui pas Nice”.

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